kromamusik
           
 
by Irune Serna
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  Cielo y Tierra, 2020.  
     
     
     
     
 
concept
 
 

Los binomios dentro-fuera, arriba-abajo, materia-energía son los protagonistas de este ejercicio. Si los artistas del land art “no solo se alejaron de las urbes […] sino de la modernidad al tratar de conectarse con la naturaleza mediante las culturas ancestrales y lo no occidental” [Lozano (2019)], la parte material de esta instalación ha seguido esa estela. He abstraído mi contexto vital de mar, montaña, aves y lo he hecho extensivo a un nivel global donde la estructura cúbica como sólido platónico alude al elemento tierra. Este cubo alberga una semiesfera sonora afinada en la vibración del chakra raíz, relacionado también con la energía de la tierra. Si la esfera es símbolo de completitud, la semiesfera nos habla de la mitad inferior, la tierra, frente a la otra mitad, el cielo, que no está representado como semiesfera sino en forma de sonido e imágenes. El agua, líquido más abundante en el planeta, dentro del cuenco alude al origen de la vida contenida en una matriz de sonido. Bajo el cubo y el cuenco, una espiral de arena, inspirada en las obras de Mario Merz (1925) para quien “si la forma desaparece, la raíz es eterna” y su interés por la espiral Fibonacci, simboliza movimiento y evolución que parte desde el centro del cuenco, desde la matriz sonora de vida, pasando por la estructura cúbica y se expande hacia fuera. Todos los elementos de la tierra son físicos y mirados de abajo a arriba nacen de la espiral, el cuenco, el agua y el cubo, es decir, de la energía en expansión, la matriz de vida, el líquido vital y la tierra en un ejercicio de evolución material.

Las imágenes sintetizadas de nubes, el sonido de la lluvia, los truenos y el canto de los pájaros que emite el televisor aluden a la naturaleza inasible del cielo, a la velocidad de la luz y del sonido. A través de la estructura cúbica podemos percibir esa realidad luminosa y sonora, pero no podemos tocarla porque es volátil. Sí podemos acercarnos al cuenco y generar nuestro propio sonido que hará que la instalación, la metáfora del cielo y la tierra, se transforme con nuestra huella. Se trata, en palabras de Izaguirre (2010), de un desplazamiento en el que el sujeto se encuentra en el centro del “objeto” de apreciación, el ambiente. En este caso se ha jugado a crear un nuevo paisaje sonoro combinando música, canto de pájaros y sonido de lluvia. Distintos momentos en el tiempo y en el espacio que confluyen en una misma realidad física que a su vez puede ser nuevamente transformada por la presencia humana y el sonido del cuenco.

El trabajo de Murray Shafer como bioacústico y su creación de composiciones musicales basadas en parajes naturales ha tenido un fuerte impacto en esta obra, donde se ha compuesto un tema inspirado en el elemento Aire, mientras se deja a la mano humana contribuir creando sonidos inspirados en la tierra con el cuenco.

 
     
     
     
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